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Evaluar para mejorar, no solamente para medir

Por: EDUCREAR  |  Jueves 8 de Octubre de 2026

Las evaluaciones educativas permiten conocer qué aprenden los estudiantes y cuáles son las dificultades que persisten. Sin embargo, su verdadero valor aparece cuando los resultados se transforman en decisiones concretas: nuevas estrategias de enseñanza, formación docente, recursos y acompañamiento a las escuelas. ¿Qué ocurre después de medir?



Cada vez que se publican los resultados de una evaluación educativa, la discusión suele concentrarse en los porcentajes. Cuántos estudiantes alcanzaron los aprendizajes esperados, cuántos quedaron por debajo de los niveles satisfactorios y qué jurisdicciones mejoraron o retrocedieron. Los datos ocupan titulares, generan debates y permiten construir diagnósticos sobre el estado de la educación.

Pero existe una pregunta que debería tener tanto protagonismo como los resultados: ¿qué decisiones concretas se adoptaron después de conocerlos?

Evaluar es indispensable. Las evaluaciones permiten identificar dificultades, reconocer avances, comprender desigualdades y disponer de información para orientar las políticas educativas.

Sin embargo, medir los aprendizajes no equivale a mejorarlos. Entre identificar un problema y resolverlo existe una responsabilidad institucional que involucra planificación, recursos, formación docente, acompañamiento y seguimiento.

Del diagnóstico a las decisiones

Cuando una evaluación revela que una proporción importante de estudiantes tiene dificultades para comprender textos o resolver problemas matemáticos, el diagnóstico constituye apenas el punto de partida.

A partir de esa información deberían surgir preguntas concretas. ¿Es necesario modificar las estrategias de enseñanza? ¿Qué contenidos requieren mayor atención? ¿Los docentes necesitan nuevas herramientas didácticas? ¿Existen escuelas que necesitan acompañamiento pedagógico adicional?

Y, fundamentalmente, ¿quién es responsable de tomar esas decisiones, implementarlas y comprobar sus resultados?

Por ejemplo, detectar dificultades en comprensión lectora debería conducir a intervenciones pedagógicas específicas, oportunidades de formación docente y estrategias de acompañamiento a los estudiantes. Posteriormente, nuevas evaluaciones deberían permitir establecer si esas acciones produjeron avances.

El mismo razonamiento puede aplicarse a Matemática, donde identificar problemas en la resolución de situaciones complejas debería impulsar una revisión de las propuestas de enseñanza y no limitarse a repetir ejercicios o aumentar la cantidad de evaluaciones.

La evaluación debería formar parte de un proceso continuo: identificar dificultades, analizar sus causas, tomar decisiones, implementar intervenciones y comprobar si los aprendizajes mejoraron.



Qué advierte la UNESCO sobre el uso de las evaluaciones

Esta preocupación no es exclusiva de Argentina. El Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación de la UNESCO (IIPE-UNESCO) ha investigado cómo los países utilizan los resultados de las evaluaciones para diseñar e implementar políticas educativas.

En su investigación Use of learning assessment data in education policy-making (2019), el organismo señala que los datos influyen en distintas etapas de las políticas públicas, especialmente en la identificación de problemas y el seguimiento de resultados. Sin embargo, su utilización es menos frecuente en la formulación concreta de políticas educativas.

La distinción es importante. Contar con información sobre los aprendizajes no garantiza que esa información se traduzca en decisiones capaces de mejorar la enseñanza.

El IIPE-UNESCO también identifica obstáculos que dificultan el aprovechamiento de los resultados: limitaciones técnicas y financieras, dificultades de coordinación institucional y factores políticos que pueden condicionar la toma de decisiones.

En 2021, el organismo publicó una investigación específica sobre Argentina, elaborada por Nancy Montes, destinada a comprender la relación entre los usos previstos de las evaluaciones y su utilización efectiva en el planeamiento y la gestión educativa.

Estas investigaciones plantean un desafío central: no alcanza con desarrollar instrumentos para medir los aprendizajes; también es necesario construir capacidades institucionales para utilizar sus resultados de manera efectiva.

La responsabilidad no puede quedar solamente en la escuela

Las evaluaciones nacionales permiten identificar problemáticas que exceden la capacidad de resolución individual de un docente o una institución.

Cuando las dificultades se presentan de manera extendida, las respuestas deben involucrar a las autoridades educativas, los equipos técnicos, la formación inicial y continua, la supervisión y la gestión de recursos.

No sería razonable exigir mejores resultados sin proporcionar las condiciones necesarias para alcanzarlos.

Una decisión concreta no consiste solamente en anunciar un programa. Implica definir objetivos, identificar destinatarios, asignar recursos, establecer responsables, fijar plazos y construir indicadores que permitan comprobar avances.

Si una evaluación identifica dificultades generalizadas en alfabetización, las autoridades podrían fortalecer la formación docente, incorporar acompañamiento pedagógico territorial y establecer dispositivos de seguimiento.

Pero también deberían poder responder qué escuelas participaron, qué estrategias se implementaron efectivamente y qué cambios se observaron en los aprendizajes.

Los docentes toman decisiones pedagógicas dentro del aula; los equipos directivos organizan y acompañan los procesos institucionales; y las autoridades educativas tienen la responsabilidad de generar las condiciones necesarias para sostener las mejoras.



Evaluar también las decisiones

Esta perspectiva introduce una dimensión fundamental: no solamente deben evaluarse los aprendizajes de los estudiantes, sino también las intervenciones diseñadas para mejorarlos.

Si una jurisdicción implementa un programa de alfabetización, resulta necesario conocer qué formación reciben los docentes, cuáles son las estrategias pedagógicas utilizadas y qué resultados se observan posteriormente.

También es importante distinguir entre implementar una acción y demostrar que produjo una mejora.

Que una evaluación posterior registre mejores resultados no significa, automáticamente, que una política específica haya sido la causa. Para establecer esa relación se requieren análisis rigurosos e información contextual.

La cantidad de docentes capacitados, materiales distribuidos o escuelas incorporadas a un programa permite conocer su alcance. Pero esos indicadores, por sí solos, no demuestran que los estudiantes estén aprendiendo más.

El desafío consiste en relacionar las decisiones implementadas con cambios observables en las prácticas de enseñanza y en los aprendizajes.

Una pregunta para el sistema educativo argentino

Argentina dispone de instrumentos de evaluación, como las pruebas Aprender y su participación en PISA, que permiten conocer dimensiones importantes de los aprendizajes.

¿Qué sucede cuando una escuela recibe sus resultados? ¿Existen instancias para analizarlos? ¿Qué acompañamiento reciben las instituciones que necesitan mejorar? ¿Qué políticas se modifican cuando determinadas estrategias no funcionan? Estas preguntas no presuponen la ausencia de acciones. Plantean la necesidad de conocerlas, documentarlas y evaluar sus efectos.

Como muestran las investigaciones del IIPE-UNESCO, la disponibilidad de información no asegura su aprovechamiento. Para que los datos contribuyan a mejorar la educación, deben integrarse en procesos de planificación, intervención y seguimiento.

Esto exige avanzar desde una cultura centrada en la medición hacia otra que utilice sistemáticamente la información para mejorar la enseñanza.

También requiere que las autoridades educativas puedan explicar qué decisiones adoptaron a partir de los diagnósticos, cómo las implementaron y qué evidencias tienen sobre sus resultados.

Medir es el comienzo, mejorar es el propósito

Una evaluación educativa puede mostrar dónde se encuentran las mayores dificultades, qué aprendizajes necesitan fortalecerse y cuáles son las desigualdades que persisten. Pero su potencial no debería agotarse en una presentación de resultados, un informe estadístico o una comparación entre jurisdicciones.

El verdadero desafío comienza después de conocer los datos. Es allí donde deben aparecer las decisiones pedagógicas, las políticas públicas, la formación docente, la asignación de recursos y el acompañamiento a las instituciones.

Evaluar también debería permitir comprobar si esas decisiones fueron adecuadas y si los estudiantes cuentan con mejores oportunidades para aprender.
La pregunta, entonces, no debería ser únicamente cuánto aprendieron nuestros estudiantes. Deberíamos preguntarnos qué hicimos con lo que descubrimos, qué cambiamos para mejorar y qué evidencia tenemos de que esas decisiones están dando resultado.

Porque el propósito de una evaluación educativa no debería agotarse en describir la realidad, sino contribuir a transformarla.

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