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2 de agosto - Ocho años después, la deuda pendiente de las escuelas seguras

Por: EDUCREAR  |  Domingo 2 de Agosto de 2026

La explosión de la Escuela Primaria N.º 49 de Moreno marcó un antes y un después en la discusión sobre la infraestructura escolar en Argentina. Ocho años después, el desafío de garantizar escuelas seguras sigue formando parte de la agenda educativa.



Cada comunidad educativa construye su memoria a partir de hechos que marcan un antes y un después. Algunas fechas remiten a leyes, reformas pedagógicas o figuras que dejaron huella en la educación. Otras, en cambio, permanecen porque revelan con crudeza aquello que nunca debería suceder.

El 2 de agosto de 2018 es una de esas fechas.

A las 8:06 de la mañana, una explosión destruyó parte de la Escuela Primaria N.º 49 "Nicolás Avellaneda", en el partido bonaerense de Moreno. Dentro del edificio estaban Sandra Calamano, vicedirectora del establecimiento, y Rubén Rodríguez, auxiliar escolar. Ambos habían llegado antes del inicio de la jornada para preparar el desayuno destinado a cientos de estudiantes. Ninguno sobrevivió.

Con el paso del tiempo, aquel episodio dejó de ser una tragedia que conmovió a una comunidad para convertirse en un punto de inflexión en el debate sobre la infraestructura escolar en Argentina. Los nombres de Sandra y Rubén comenzaron a representar una demanda que trasciende un hecho puntual: la obligación del Estado de garantizar escuelas seguras para quienes estudian y trabajan en ellas.

Las investigaciones judiciales y la información reunida posteriormente señalaron que la explosión estuvo precedida por reiterados reclamos vinculados con pérdidas de gas y problemas de infraestructura. La comunidad educativa había advertido sobre esas deficiencias y solicitado intervenciones, pero las respuestas no llegaron a tiempo. Por eso, el hecho comenzó a ser interpretado por amplios sectores del sistema educativo como una tragedia asociada a la falta de mantenimiento, controles e inversiones sostenidas en los edificios escolares.

La explosión también puso en evidencia una realidad que muchas escuelas conocían desde hacía años: instalaciones de gas y electricidad deterioradas, filtraciones, problemas sanitarios, techos en mal estado y dificultades para realizar obras preventivas antes de que los riesgos se transformaran en emergencias.

Una discusión que alcanzó a todo el sistema educativo

La muerte de Sandra Calamano y Rubén Rodríguez generó una profunda conmoción en la comunidad educativa. En Moreno, numerosas escuelas suspendieron las clases mientras se realizaban inspecciones técnicas sobre las condiciones edilicias. Con el tiempo, los relevamientos de infraestructura se extendieron a otros distritos de la provincia de Buenos Aires, impulsando una discusión que trascendió las urgencias del momento.

El debate dejó de centrarse únicamente en los contenidos curriculares o en las políticas pedagógicas para incorporar una dimensión indispensable: la calidad educativa también depende de que las escuelas sean espacios seguros.



La infraestructura también educa

Cuando se habla de mejorar la educación suelen aparecer temas como la formación docente, la innovación pedagógica, la alfabetización o las tecnologías digitales. Sin embargo, existe una condición previa que muchas veces permanece invisible: el estado de los edificios donde transcurre la vida escolar.

Una escuela segura genera confianza. Un edificio cuidado comunica que la educación es una prioridad. Aulas en condiciones, instalaciones de gas y electricidad controladas, sanitarios adecuados, accesibilidad y mantenimiento permanente no son únicamente cuestiones técnicas; forman parte del ambiente en el que se construyen los aprendizajes.

Diversos organismos internacionales especializados en educación sostienen que las condiciones físicas de las escuelas influyen en el bienestar de estudiantes y docentes, favorecen la continuidad de las trayectorias educativas y contribuyen a generar entornos más propicios para enseñar y aprender.

El compromiso cotidiano detrás de una tragedia

Uno de los aspectos más recordados de aquella mañana es que Sandra Calamano y Rubén Rodríguez habían llegado temprano para preparar el desayuno que recibirían los estudiantes al comenzar la jornada. Ese detalle resume una realidad compartida por miles de trabajadores de la educación en todo el país.

Las escuelas no solo enseñan contenidos. También alimentan, acompañan trayectorias escolares, contienen a las familias y sostienen múltiples tareas sociales que exceden el aula. Sandra y Rubén estaban cumpliendo precisamente una de esas funciones cuando ocurrió la explosión.

Del dolor a la memoria

Con el paso de los años, el 2 de agosto comenzó a ocupar un lugar permanente en la memoria de numerosas comunidades educativas. Cada aniversario se realizan actos, jornadas de reflexión y actividades destinadas a recordar a Sandra y Rubén, al tiempo que se renueva el compromiso con la construcción de escuelas seguras. En la provincia de Buenos Aires, el calendario escolar incluye esta fecha como una jornada para reflexionar sobre las condiciones edilicias y el derecho a desarrollar la actividad educativa en espacios adecuados.

La conmemoración busca mantener vigente una enseñanza que excede el recuerdo de dos trabajadores: la prevención también forma parte del derecho a la educación.
La seguridad como política educativa Durante muchos años, la infraestructura escolar fue considerada un aspecto principalmente administrativo. Hoy existe un consenso cada vez más amplio acerca de que constituye una política educativa en sí misma.

Cuando una escuela debe suspender clases por pérdidas de gas, fallas eléctricas o riesgos estructurales, la interrupción afecta la continuidad pedagógica, genera incertidumbre en las familias y profundiza desigualdades entre estudiantes. Por eso, especialistas y organismos dedicados a la gestión educativa coinciden en la necesidad de avanzar con planes permanentes de mantenimiento preventivo, inspecciones periódicas, protocolos de actuación y programas sostenidos de inversión en infraestructura. La seguridad no puede depender de intervenciones de emergencia. Requiere planificación, seguimiento técnico y decisiones de largo plazo.



Una agenda que sigue abierta

A ocho años de la tragedia de Moreno, la seguridad escolar continúa siendo un desafío presente en la agenda educativa. Si bien en distintas jurisdicciones se impulsaron programas de relevamiento, obras y mejoras edilicias, las necesidades de mantenimiento siguen formando parte de la realidad de numerosas escuelas.

Hoy el concepto de seguridad escolar abarca mucho más que la prevención de accidentes. Incluye el estado de las instalaciones, la accesibilidad, la prevención de incendios, las condiciones sanitarias, los planes de evacuación y la gestión integral del riesgo. En definitiva, implica garantizar que toda la comunidad educativa pueda desarrollar su tarea en un entorno que proteja la vida.

Una memoria que interpela al presente

El 2 de agosto no recuerda solamente una tragedia. También invita a revisar qué significa garantizar plenamente el derecho a la educación. Ese derecho comienza mucho antes del inicio de una clase. Empieza cuando las familias pueden confiar en que sus hijos asistirán a una escuela segura. Empieza cuando docentes y auxiliares desarrollan su trabajo en edificios adecuados. Empieza cuando la infraestructura deja de ser motivo de preocupación para convertirse en el soporte silencioso que hace posible enseñar y aprender.

Sandra Calamano y Rubén Rodríguez forman parte de la memoria de la educación argentina porque su historia recuerda una verdad que sigue vigente: ninguna política educativa puede considerarse completa si no garantiza, antes que nada, condiciones materiales seguras y dignas para toda la comunidad escolar.

El derecho a la educación no comienza cuando se abre un libro o empieza una clase. Comienza cuando cada estudiante, docente y trabajador escolar puede ingresar a un edificio seguro, sabiendo que la escuela también protege su vida.

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