En el campo de la
educación técnico-profesional (ETP), la articulación entre educación y trabajo debiera hoy, orientar las decisiones institucionales. Vincular la escuela con el mundo productivo a través de diferentes dispositivos (como las prácticas profesionalizantes) y construir propuestas formativas pertinentes necesitan formar parte de una agenda compartida entre los actores involucrados. El eje se ubica en cómo sostener esas articulaciones en el tiempo y dotarlas de sentido pedagógico y territorial.
Pensar la formación para el trabajo desde esta mirada implica situarla en el marco de los
“ecosistemas” productivos territoriales: redes donde interactúan actores, capacidades, instituciones y relaciones que configuran las dinámicas productivas de un territorio. En ese entramado, la educación ocupa un lugar estratégico, tanto
la educación técnica (de nivel secundario, terciario y formación profesional) como la universidad participan activamente en la construcción de capacidades, en la producción de saberes y en la proyección del desarrollo local.
La potencia de estos ecosistemas se expresa en la calidad de sus relaciones interinstitucionales. Empresas, instituciones educativas, organismos científicos y estructuras estatales adquieren fuerza cuando logran articularse, dialogar y proyectar en conjunto. Allí se despliega la
gobernabilidad, una capacidad colectiva para coordinar intereses, sostener acuerdos y orientar acciones hacia objetivos compartidos. La formación para el trabajo se configura en ese cruce de actores, donde cada territorio construye sus propias formas de vincular educación y producción.
Los ecosistemas productivos muestran que esta articulación se organiza en distintos planos: la relación entre sector público y privado, la coordinación entre niveles del Estado y la conexión entre el sistema productivo, el educativo y el científico-tecnológico. Cuando estos planos se fortalecen, la formación gana pertinencia, proyección y capacidad de transformación.
En el ámbito educativo, esta visión redefine el lugar de la escuela. La institución se posiciona como un actor dentro de una red territorial, capaz de generar vínculos, construir propuestas y participar en agendas de desarrollo. Las prácticas profesionalizantes, por ejemplo, expresan con claridad esta lógica; permiten vincular a las instituciones educativas con sectores socioproductivos, científico-tecnológicos y sociocomunitarios, generando experiencias donde los estudiantes integran saberes en contextos reales.
Cuando estas prácticas se sostienen institucionalmente, amplían las oportunidades de aprendizaje y fortalecen el vínculo con el entorno. En esta línea,
Miñana y Saez (2021) destacan que estas prácticas configuran relaciones con el saber que atraviesan las trayectorias de los estudiantes, integrando dimensiones cognitivas, sociales y productivas. Esto implica que el aprendizaje se construye como un proceso situado, donde los estudiantes no solo comprenden y resignifican saberes en contextos reales (dimensión cognitiva), sino que también participan en interacciones con otros actores y en dinámicas colectivas de trabajo (dimensión social), al tiempo que se vinculan con lógicas concretas de producción, comprendiendo procesos, roles y condiciones propias del mundo laboral (dimensión productiva).
Esta visión también orienta la acción pedagógica. Desde el rol directivo, implica construir y sostener redes, generar acuerdos y proyectar estrategias compartidas con otros actores del territorio. Desde el rol docente, abre un campo de enorme potencial para el diseño de propuestas didácticas situadas, donde el aprendizaje se construye en diálogo con problemas reales.
En este sentido, las estrategias pedagógicas cobran un lugar central. El aprendizaje basado en preguntas invita a los estudiantes a indagar, explorar y construir sentido a partir de interrogantes vinculados con su contexto. El aprendizaje basado en problemas sitúa el conocimiento en escenarios concretos, donde resolver implica integrar saberes y tomar decisiones a diferencia del aprendizaje basado en proyectos que permite articular disciplinas, trabajar en equipo y producir respuestas con impacto en el entorno.
A estas propuestas se suman otras estrategias de aprendizajes vivenciales y experienciales como estudios de casos, demostraciones guiadas, etc.; donde el hacer se combina con la reflexión, generando experiencias significativas. En estos escenarios, el conocimiento deja de ser abstracto y se transforma en una herramienta para comprender e intervenir en la realidad. Los estudiantes no solo aprenden contenidos, desarrollan capacidades para analizar, actuar y proyectar.
Estas estrategias no aparecen como innovaciones aisladas, sino como respuestas coherentes con un mundo del trabajo que se organiza en torno a la colaboración, la resolución de problemas y la adaptación permanente. En este marco, el aula se expande y se conecta con talleres, empresas, organizaciones y espacios comunitarios, generando experiencias significativas de aprendizaje.
Las investigaciones en ETP refuerzan este camino. Las experiencias más significativas son aquellas que articulan saberes, actores y contextos, configurando trayectorias formativas que se proyectan más allá del aula
(Martínez & Garino, 2021). En estos procesos la enseñanza adquiere una dimensión más compleja donde el conocimiento se construye “junto a otros”.
Las transformaciones del mundo del trabajo, atravesadas por la innovación tecnológica y la emergencia de nuevos perfiles profesionales, fortalecen la importancia de estas propuestas. La experiencia reciente de la pandemia, donde se interpeló fuertemente la gramática de lo escolar, también aportó aprendizajes en este sentido. Como señalan
Ferrarino y Saez (2021), las instituciones educativas desplegaron nuevas formas de enseñanza y vinculación, donde las redes permitieron sostener la continuidad pedagógica.
En este escenario, la formación para el trabajo se proyecta como una experiencia integral. Los estudiantes desarrollan capacidades vinculadas a la comunicación, el trabajo en equipo, el pensamiento crítico y la toma de decisiones en contextos reales. Aprenden a trabajar con otros, a construir soluciones y a comprender la complejidad de los entornos en los que se insertan.
El territorio adquiere un lugar central en este proceso debido a que configura y demanda formación en la medida en que define prioridades, oportunidades y límites para su desarrollo; el cual se construye en contextos concretos, con actores específicos y a partir de relaciones sostenidas en el tiempo. La educación, como parte de ese entramado, contribuye activamente cuando diseña propuestas formativas conectadas con las necesidades y potencialidades locales.
Educar en red implica reconocer que la formación para el trabajo y el conocimiento se construye en relación con otros y que el desarrollo requiere articulación. La gestión sostenible de estos procesos, se presenta así como una condición estratégica: una capacidad colectiva para sostener acuerdos, coordinar acciones y proyectar futuro en el territorio.
Porque
cuando educación, trabajo y desarrollo se encuentran en red, la formación adquiere sentido, profundidad y proyección.Otras notas de esta sección