Una preocupación ambiental de la comunidad de
Zapala se convirtió en un desafío para estudiantes de la
EPET N° 11: aplicar lo aprendido en la escuela técnica para desarrollar un sistema capaz de monitorear efluentes y advertir situaciones que podrían representar un riesgo para el acuífero de la ciudad.
El proyecto se llama
Guardián del Acuífero y surgió después de que el equipo conociera, a través de redes sociales y reclamos de vecinos, inquietudes relacionadas con los efluentes del Matadero Municipal. El punto de partida no fue construir inmediatamente un dispositivo, sino comprender qué estaba en juego.
Los estudiantes investigaron qué es un acuífero, cómo funciona el ciclo del agua, cuáles son las características del agua subterránea y qué factores pueden afectar su calidad. Para profundizar esa aproximación realizaron entrevistas, visitaron el matadero y recurrieron, entre otros materiales, al libro El agua de mi pueblo.
“Cuidar el agua no significa solamente evitar desperdiciarla, sino también prevenir y detectar posibles problemas a tiempo”, explicaron
los estudiantes al reconstruir ese proceso.
De investigar el problema a construir una respuesta
Con una comprensión más amplia de la problemática, el equipo comenzó a trasladar la investigación al terreno de la electrónica y la programación. El objetivo es desarrollar un sistema que monitoree los efluentes del Matadero Municipal y la colectora norte, registre información y permita generar alertas cuando los parámetros medidos requieran atención.
El dispositivo no interviene directamente sobre el agua subterránea.
La estrategia consiste en observar los efluentes para obtener información que contribuya a anticipar posibles situaciones de riesgo antes de que alcancen el acuífero.
Uno de los avances alcanzados hasta ahora fue conseguir medir el pH y observar los resultados en tiempo real. El proyecto continúa en etapa de desarrollo, pruebas y calibración.
La propuesta obtuvo además el primer puesto del capítulo Neuquén del certamen
Industria Inspira, organizado en la provincia por la
Asociación de Industriales de Neuquén (Adineu), la subsecretaría de Industria y la subsecretaría de Innovación y Educación Digital. El reconocimiento habilitó al proyecto a representar a Neuquén en la instancia nacional del concurso.
Aprender cuando las cosas no funcionan
El recorrido obligó al equipo a integrar saberes que habitualmente aparecen distribuidos entre diferentes espacios de formación. Pero una parte central del aprendizaje apareció precisamente cuando el prototipo no respondió como esperaban.
Lograr que los sensores funcionaran correctamente, conseguir mediciones confiables y resolver inconvenientes de programación y compatibilidad fueron algunos de los principales desafíos. La estrategia fue separar los problemas, probar los componentes, revisar conexiones, investigar, modificar el código y volver a intentarlo.
“Aprendimos que desarrollar un proyecto lleva muchas pruebas, investigación y correcciones antes de conseguir que funcione como esperamos”, señalaron los
estudiantes.
La llegada de los materiales también marcó un cambio en el proceso. Permitió abandonar parcialmente el terreno de las simulaciones y comenzar a trabajar sobre un sistema físico. Con las primeras conexiones aparecieron dificultades que no habían podido anticiparse durante la etapa teórica. Así,
el error dejó de ser solamente un obstáculo para convertirse en parte del método de aprendizaje: probar, equivocarse, revisar y volver a intentar.
Estudiantes protagonistas del desarrollo
El trabajo se organizó de acuerdo con las necesidades que fueron apareciendo. Algunos integrantes se concentraron más en la investigación, otros en electrónica, programación o diseño físico, aunque el conocimiento circuló entre todo el grupo. Los docentes asumieron un rol de acompañamiento y orientación, procurando que las decisiones y la resolución de problemas permanecieran principalmente en manos de los estudiantes.
“Una de las decisiones pedagógicas que tomé al pensar el proyecto fue que en todas las experiencias los alumnos y alumnas fueran los protagonistas”, explicó la docente
Gabriela Eliana Riquelme, quien destacó también el acompañamiento de
Alfredo Vacchi, Abel Paz y Mariano Fuentes en diferentes momentos del recorrido.
Para Riquelme, una de las fortalezas de Guardián del Acuífero está en la manera en que los conocimientos se integran a medida que el proyecto avanza. La experiencia, sostuvo, no solo fortalece capacidades técnicas, sino que
impulsa una mirada crítica sobre el ambiente, el cuidado de los recursos y su reconocimiento como bienes comunes.
El desarrollo incorpora además una perspectiva emprendedora. El desafío ya no consiste únicamente en conseguir que un conjunto de sensores funcione, sino en pensar un producto que pueda resultar sustentable y accesible.
Una problemática local convertida en aprendizaje
Guardián del Acuífero muestra una de las posibilidades de la educación técnica cuando los conocimientos escolares se vinculan con situaciones concretas del territorio.
“Para nosotros fue una oportunidad para aprender haciendo”, resumieron los
estudiantes. Investigar el acuífero les permitió conocer mejor un recurso que atraviesa la vida de su propia comunidad y, al mismo tiempo, entender que electrónica, programación y diseño pueden convertirse en herramientas para abordar problemas que existen fuera del aula.
El proyecto también los enfrentó a dimensiones menos visibles del desarrollo tecnológico: organizar un equipo, distribuir responsabilidades, investigar antes de construir, aceptar errores y sostener el trabajo cuando una solución no aparece en el primer intento.
Los próximos pasos serán continuar con las pruebas y la calibración, incorporar los sensores restantes, avanzar en el registro de información y desarrollar el sistema de alertas. El equipo también proyecta mejorar la estructura física del dispositivo y explorar alternativas para visualizar los datos de manera remota.
Todavía no se trata de un producto terminado. Y allí reside parte de su valor como experiencia educativa: los estudiantes están recorriendo el proceso completo que separa una preocupación de una posible solución, con investigación, decisiones, errores, conocimientos técnicos y sucesivas mejoras.
“Deja de ser solamente un trabajo escolar y se convierte en una experiencia en la que podemos aportar algo desde nuestra formación técnica”, expresaron.
En Zapala, esa experiencia comenzó con una pregunta sobre el agua de la ciudad. Ahora avanza sensor por sensor, prueba por prueba, mientras un grupo de estudiantes aprende que los conocimientos construidos en la escuela también pueden servir para mirar su comunidad e intentar transformarla.
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