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Claudia Soto: “El celular no reemplaza la mirada, la sonrisa ni el cuidado”

Por: EDUCREAR  |  Lunes 31 de Agosto de 2026

En el mes de las infancias, Educrear conversó con Claudia Soto sobre algunos de los principales desafíos actuales de la educación inicial. El cuidado, el juego, las pantallas, las desigualdades y la responsabilidad de los adultos atraviesan una reflexión que vuelve a colocar en el centro la mirada y la escucha de niñas y niños.



Hablar de las infancias implica reconocer que no existe una única manera de atravesar los primeros años. Las condiciones sociales, económicas, familiares y educativas generan experiencias muy diferentes y obligan a pensar qué responsabilidades tienen la escuela, las familias y las políticas públicas.

Docente de educación inicial, licenciada y profesora en Ciencias Antropológicas por la Universidad de Buenos Aires, Claudia Soto es directora pedagógica de la Revista Educación Inicial de 0 a 6 años, de Praxis Grupo Editor. Desde hace años trabaja en investigación y formación junto a distintos especialistas, entre ellos Rosa Violante, con quien ha desarrollado estudios sobre enseñanza y juego en los primeros años.

En diálogo con Educrear, propone una concepción de la educación inicial en la que enseñar no puede separarse del cuidado, el afecto, la escucha y la transmisión de aquellos bienes culturales que una sociedad considera valiosos.

Educrear (EC): En el mes de las infancias se multiplican las celebraciones y los mensajes. ¿Qué oportunidad ofrece esta fecha para reflexionar sobre la educación que reciben niñas y niños durante sus primeros años?

Claudia Soto (CS): Usamos el plural porque cuando decimos “el Día del Niño” pareciera que hay un solo niño. Hay infancias que están muy necesitadas y poco cuidadas, mientras otras sí lo están afectiva y económicamente. Hay una diversidad, como en muchos aspectos de la vida social.

Si vamos específicamente a la enseñanza, ¿qué es enseñar a un niño pequeño? Principalmente es mirarlo, escucharlo, prestarle atención y estar empáticamente con él. Estar con el otro y para el otro, tratar de comprenderlo en su singularidad. No esperar un único niño ni una única respuesta.

Pero además hay que legar lo valioso. En esa conjunción entre escuchar afectivamente y seleccionar del patrimonio cultural aquellos bienes que vale la pena transmitir se centra una parte muy importante del trabajo docente.

La selección es fundamental. No se trata de elegir cualquier poesía o cualquier material simplemente porque esté destinado a los niños. Tenemos que acercarles propuestas valiosas y, al mismo tiempo, escuchar qué piensan, qué les gusta y qué despierta su interés.


EC: En tus trabajos planteás que cuidar y enseñar son dimensiones estrechamente relacionadas. ¿Cómo se expresa esa relación en una institución de educación inicial?

CS: Muchas veces decimos que el nivel inicial pone al descubierto a los otros niveles. Todos los niveles educativos deberían tener una relación estrecha entre cuidar y enseñar.

Con un niño pequeño esto es absolutamente necesario. Tenemos que estar atentos a los espacios que ofrecemos, a los materiales y a las posibilidades de movimiento. Si un niño quiere trepar, por ejemplo, debemos ofrecerle un lugar preparado y seguro para hacerlo.

Cuidar también es una forma de enseñar. El niño aprende a cuidarse a sí mismo, a proteger al otro y a protegerse. También transmitimos valores como compartir y ser solidarios.

En el jardín, por ejemplo, podemos disponer materiales compartidos en lugar de pensar siempre en elementos individuales. Eso no es azaroso: es una decisión que involucra una selección de valores.

Cuidar y enseñar son dos aspectos indisolubles de la tarea cotidiana. Deberían estar presentes en todos los niveles, pero en la educación inicial esta relación se vuelve particularmente visible.


EC: El juego es uno de los pilares del nivel, aunque a veces pierde espacio frente a otras demandas. ¿Qué significa realmente enseñar a jugar?

CS: Hay quienes piensan que el juego es algo innato. Otros pensamos que, aunque existen posibilidades propias del desarrollo, también hay algo que tiene que ver con la enseñanza. Hay juegos tradicionales que no podríamos jugar si alguien no nos los hubiera enseñado.

Muchos se aprenden en el patio de la escuela o cuando los docentes se ocupan de transmitir juegos tradicionales, folclóricos y de crianza que forman parte de un patrimonio cultural muy rico.

Y esto comienza desde edades muy tempranas. Con un bebé podemos jugar usando nuestro cuerpo, la mirada, la voz, el ritmo y la caricia. El cuerpo del adulto también es un sostén para enseñar.

Con Rosa Violante investigamos qué es el juego y qué cuestiones deberían tener en cuenta los docentes cuando enseñan a jugar. También publicamos Jugar y enseñar. Propuestas para la educación de 0 a 3 años, junto con Mariana Macías y Laura Vasta.

Para estas experiencias necesitamos recuperar algo muy sencillo: la interacción con el otro. El celular no es la mirada, la sonrisa, el gesto, la caricia ni el cuidado. Eso no lo puede hacer un dispositivo ni la inteligencia artificial.

Enseñar, educar, el afecto y mirar van de la mano.




EC: Las pantallas forman parte de la vida cotidiana desde edades cada vez más tempranas. ¿Qué desafíos generan para la educación inicial?

CS: Tenemos un problema complejo porque la sociedad consume pantallas y los maestros también. Tenemos que pensar y tomar decisiones, recuperar valores y reflexionar sobre lo que estamos haciendo.

En el nivel inicial observamos una cuestión vinculada con el lenguaje. Desde la pandemia vemos, en términos generales, mayores dificultades con la palabra en algunos niños que llegan a las salas de dos. Por supuesto, siempre hay diversidad y no podemos generalizar a todos los niños ni a todas las familias.

Las pantallas tienen una característica: algo se mueve continuamente y provoca que la mirada quede atrapada. Pareciera que fueran más interesantes que un rostro. Sin embargo, un bebé muy pequeño fija la mirada en un rostro verdadero.

Eso no significa que no podamos utilizar tecnología. Un celular o una Tablet pueden servir para fotografiar, registrar una experiencia o continuar una propuesta educativa. El problema es cuando toda la experiencia queda reducida a la pantalla.

Conocí el caso de un jardín que salió a recorrer su pueblo para observar membrillares. Utilizaron dispositivos para fotografiar, pero después llevaron membrillos al jardín, los dibujaron y cocinaron. La experiencia continuó. No se quedaron en el celular.


EC: También planteás la importancia de no perder el rol de los adultos. ¿Qué significa esto en las formas actuales de crianza?

CS: Podemos y debemos escuchar a los niños, pero eso no significa que ellos tengan que decidir todo. Podemos escuchar una opinión y también objetarla. No debemos perder nuestro rol como adultos educadores.

Hay debates actuales alrededor de la crianza respetuosa que son muy importantes, pero debemos pensar qué significa realmente respetar a un niño. No necesariamente implica aceptar cualquier decisión. Los adultos tenemos responsabilidades, valores, tradiciones y criterios que también forman parte de la crianza.

Venimos de épocas en las que muchas veces a los niños no se los escuchaba. Eso tampoco es lo que proponemos. Se trata de encontrar una relación en la que exista escucha, pero también responsabilidad adulta.


EC: Las desigualdades sociales también condicionan el acceso a jardines y experiencias educativas. ¿Qué responsabilidades deberían asumir las instituciones y las políticas públicas frente a esta realidad?

CS: Partimos de la idea de que las infancias son una obligación colectiva. Hay un refrán africano muy conocido que dice que para educar a un niño se necesita una tribu entera.

Las políticas públicas son una forma de garantizar derechos. Lo óptimo sería reconocer las desigualdades y tratar de intervenir, especialmente sobre las económicas, buscando una distribución más equitativa de los bienes.

La educación también es un alimento para el bienestar y para que una sociedad pueda transmitir aquello que considera valioso.

La escuela puede hacer la diferencia, pero la escuela sola no puede. Necesita de la familia y necesita de un gobierno que le dé sustento, buenos edificios y condiciones adecuadas para los docentes y las comunidades.

El maestro puede hacer mucho cuando se lo propone y no está solo. Hay docentes que están en el territorio, miran al niño y saben que necesita un abrazo, una palabra, una poesía, materiales para dibujar o música para bailar.

¿Puede solucionar todo la escuela? No. ¿Puede solucionar todo el maestro? No. Pero hay maestros que hacen la diferencia pese a todo.


EC: ¿Cómo surgió la Revista Educación Inicial de 0 a 6 años y qué necesidad busca atender?

CS: La revista nace de una idea del editor de Praxis Grupo Editor. Actualmente es la única revista argentina de educación inicial en papel. Es una manera de llegar al maestro con propuestas prácticas que tienen sustento teórico y son elaboradas por referentes con trayectoria.

Además, cada entrega incorpora materiales pensados para el trabajo cotidiano en las salas, como cuadernillos por edades, juegos y recursos que buscan acompañar al docente frente a necesidades concretas de la educación inicial.


EC: ¿Qué debates deberían profundizarse actualmente en la educación inicial?

CS: Creo que debemos tratar de no perder el rumbo y recordar lo valioso, siempre atravesado por los valores.

Un tema muy presente es el lenguaje. Y agregaría otro que atraviesa permanentemente la educación inicial: los estereotipos y las estéticas que acercamos a los niños.

Hay demasiados emoticones, arcoíris y nubecitas todas iguales en los jardines que muchas veces no dicen nada. Podemos volver a mirar los cielos de Van Gogh o de Sívori. Podemos acercar fotografías bellas y reproducciones de obras de arte.

También debemos revisar las preguntas que hacemos. Cuando terminamos una lectura, en lugar de preguntar solamente “¿les gustó?”, podemos preguntar “¿qué les pareció?”, “¿qué fue lo que más les gustó?” o “¿qué no les gustó?”.

“¿Qué les pareció?” abre la mirada del otro, el pensamiento y la escucha. Y ahí volvemos al lugar desde el que empezamos: mirar y escuchar a las infancias.

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