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ALIK y los estudiantes que construyen el futuro

Por: EDUCREAR  |  Martes 21 de Julio de 2026

En la Escuela de Educación Técnica Nº5 "2 de Abril" de Temperley, un proyecto que integra robótica, inteligencia artificial, electrónica, programación e impresión 3D demuestra cómo el aprendizaje basado en desafíos reales fortalece la formación técnica y convierte a los estudiantes en protagonistas de su propio proceso educativo.



Construir una cabeza humanoide capaz de conversar, interpretar información del entorno y reproducir expresiones faciales fue el desafío que asumió un grupo de estudiantes de la Escuela de Educación Técnica Nº5 "2 de Abril" de Temperley. El trabajo, liderado por Aarón Alindado Martin junto a sus compañeros y acompañado por el profesor Sergio Blanquer, terminó convirtiéndose en una experiencia de aprendizaje donde la investigación, el diseño, la programación, la electrónica y el trabajo colaborativo se articularon alrededor de un mismo objetivo.

El proyecto tomó el nombre de ALIK y fue concebido para demostrar que la educación técnica puede generar desarrollos de alta complejidad cuando los estudiantes asumen un papel activo en la construcción del conocimiento. Más allá del resultado tecnológico, la iniciativa refleja una forma de enseñar en la que aprender implica investigar, experimentar, resolver problemas y revisar decisiones de manera permanente hasta alcanzar una solución.

La propuesta nació con la intención de superar los proyectos tradicionales que suelen desarrollarse en la especialidad Electrónica. El desafío consistía en integrar distintas áreas del conocimiento en un único desarrollo, incorporando robótica, inteligencia artificial, programación, impresión 3D, electrónica, mecánica y el estudio del comportamiento humano para construir un sistema capaz de interactuar con las personas de una manera cada vez más natural.

“La idea surgió porque quería hacer algo diferente. En las escuelas técnicas suelen verse siempre los mismos proyectos y buscaba un desafío mucho más innovador, que integrara electrónica, programación, inteligencia artificial, biología, arte y lenguaje”, explicó Aarón.

Aquella búsqueda inicial definió el rumbo del proyecto. En lugar de avanzar sobre una única disciplina, el equipo comenzó a integrar contenidos que habitualmente se trabajan por separado. Cada decisión vinculada con el diseño mecánico obligaba a revisar aspectos de programación; cada avance sobre la inteligencia artificial requería comprender el funcionamiento del sistema electrónico; y cada modificación de la estructura demandaba nuevas pruebas para verificar que todos los componentes respondieran de forma coordinada.

Ese proceso transformó el aula en un espacio de investigación. Los estudiantes dejaron de reproducir procedimientos para comenzar a formular preguntas, evaluar alternativas, probar soluciones y analizar resultados. La tecnología dejó de ser un contenido para convertirse en una herramienta con la que fue posible construir nuevos aprendizajes.

Comprender cómo se mueve una persona

Uno de los desafíos más interesantes del proyecto fue lograr que la interacción con el sistema resultara creíble. Para alcanzar ese objetivo no bastaba con programar respuestas o controlar motores. También era necesario comprender cómo se comportan las personas durante una conversación.

El equipo comenzó a observar pequeños gestos que normalmente pasan inadvertidos: la forma en que cambia la dirección de la mirada, los movimientos que acompañan una respuesta o las expresiones que aparecen de manera espontánea mientras se habla. Esos detalles se transformaron en información para el diseño del sistema y permitieron incorporar una dimensión poco habitual en un proyecto de electrónica.

“Quería que reaccionara de una forma parecida a una persona. Por ejemplo, no mantiene la mirada fija todo el tiempo, sino que realiza movimientos naturales y fluidos durante la conversación”, señaló Aarón, el estudiante de 15 años.

Esa etapa amplió el horizonte del proyecto. Comprender la comunicación humana pasó a ser tan importante como diseñar una pieza mecánica o escribir una línea de código. El desarrollo dejó de depender exclusivamente de conocimientos técnicos y comenzó a integrar aspectos relacionados con la observación, el análisis y la interpretación del comportamiento humano.

El propio estudiante reconoce que esa experiencia modificó su forma de mirar la realidad. “Tuve que observar cómo nos movemos, cómo reaccionamos y las pequeñas expresiones que hacemos al hablar. Son detalles en los que normalmente no pensamos”, afirmó.



Tecnología que funciona como un sistema

El desarrollo de ALIK exigió coordinar una gran cantidad de componentes para que funcionaran como un único sistema. La estructura fue diseñada e impresa en 3D y sobre ella se incorporaron 21 servomotores responsables de reproducir los movimientos del rostro. El control electrónico quedó a cargo de un Arduino Nano y un módulo PCA9685, mientras que la programación principal fue desarrollada en Python.

La inteligencia artificial integra diferentes modelos especializados para procesar imágenes, generar respuestas y coordinar la interacción con el usuario. El reconocimiento y la síntesis de voz funcionan de manera local para reducir los tiempos de respuesta y permitir que la conversación mantenga un ritmo natural.

El desafío no consistía únicamente en reunir esos componentes. Todos debían actuar de manera sincronizada para que el sistema pudiera observar, interpretar, responder y acompañar cada respuesta con movimientos faciales coherentes.

“Había que coordinar visión, reconocimiento facial, base de datos, inteligencia artificial, control de motores y audio para que el robot hablara y gesticulara al mismo tiempo sin retrasos”, explicó Aarón.

Ese nivel de integración obligó al equipo a revisar permanentemente el funcionamiento del conjunto. Cada modificación realizada sobre un componente generaba cambios en el resto del sistema, por lo que el proyecto avanzó mediante un proceso continuo de prueba, análisis y mejora.

El aprendizaje también se construye desde el error

Como ocurre en cualquier desarrollo de ingeniería, los resultados no aparecieron en el primer intento. Las primeras pruebas pusieron en evidencia problemas mecánicos provocados por las vibraciones de los servomotores, lo que obligó a rediseñar piezas, reforzar uniones y reorganizar la distribución interna de los componentes.

En paralelo, el software fue optimizado para mejorar la velocidad de respuesta y sincronizar con mayor precisión los movimientos del rostro con la inteligencia artificial. Cada ajuste implicó volver sobre decisiones ya tomadas, analizar el comportamiento del sistema y ensayar nuevas soluciones.

Ese recorrido permitió que los estudiantes experimentaran una forma de aprendizaje poco frecuente en los modelos tradicionales de enseñanza. En lugar de considerar el error como un resultado negativo, el proyecto lo transformó en una herramienta para comprender con mayor profundidad el funcionamiento de cada componente y fortalecer el desarrollo del conjunto.



Protagonistas de su propio aprendizaje

Más allá de la innovación tecnológica, ALIK también expresa una manera de entender la educación. El profesor Sergio Blanquer destaca que el verdadero valor del proyecto no reside únicamente en el resultado alcanzado, sino en el proceso que permitió a los estudiantes asumir un papel central en cada etapa del desarrollo.

“Es muy importante que los estudiantes sean protagonistas. El día a día es fundamental cuando ves cómo pasan de ser simples oyentes a protagonistas de sus propios proyectos”, sostuvo el profesor Blanquer.

La experiencia permitió que los estudiantes investigaran, planificaran, debatieran alternativas, distribuyeran responsabilidades y documentaran cada avance. Ese recorrido fortaleció competencias vinculadas con el trabajo colaborativo, la autonomía y la resolución de problemas complejos, capacidades que hoy resultan fundamentales para la formación técnico-profesional.

Un proyecto que queda para la escuela

El desarrollo también refleja el compromiso de la comunidad educativa. La Asociación Cooperadora financió los materiales necesarios para construir ALIK, permitiendo que el proyecto pudiera avanzar y consolidarse como una experiencia institucional.

Ese acompañamiento hizo posible una decisión que trasciende a sus actuales protagonistas: cuando Aarón finalice sus estudios, el desarrollo permanecerá en la Escuela Técnica Nº5 "2 de Abril" para que las próximas generaciones puedan utilizarlo, investigarlo y continuar perfeccionándolo.

“La idea es que quede como un legado para la escuela, para que los próximos alumnos puedan utilizarlo, investigarlo y seguir mejorándolo. También queríamos demostrar que se puede hacer robótica de gran nivel con un presupuesto accesible”, expresó el estudiante.

Actualmente el equipo continúa trabajando en nuevas mejoras que incluyen un cuello con mayor movilidad, una cubierta de silicona para lograr expresiones más realistas y la migración del sistema a un procesador ESP32, con el propósito de ampliar la capacidad de procesamiento y la conectividad.

Cuando Aarón termine la escuela, ALIK seguirá allí. No como una pieza terminada, sino como un proyecto abierto para que otros estudiantes investiguen, experimenten y construyan sobre lo que ya fue logrado. Quizás ese sea su mayor aporte, demostrar que, en una escuela técnica, el legado más valioso no es un robot capaz de hablar, sino una comunidad que aprende creando.
 

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